La caja de zapatos


Nota: Este cuento lo escribí para un concurso de letras libres. Desafortunádamente no gané pero ahora quiero compartirlo con mis tres lectores mal contados. Espero les guste

Foto: Naufig

Suena el despertador, son las 7 am. Hoy como desde hace 10 años me despierto, tomo un baño, me pongo un traje elegante y voy a trabajar. Mí día en la oficina empieza invariablemente con una visita de mi secretaria quien me pone al tanto de la lista de pendientes y a veces le pido hacer una tarea especial. La jornada transcurre entre juntas, llamadas telefónicas, tratos con clientes y firmas de acuerdos comerciales.

Son las 9 p.m. Invariablemente antes de  dejar la oficina, abro el cajón de mi escritorio, saco dos aspirinas de una caja, me sirvo un vaso de agua y me las tomo. Después es hora de partir. Al llegar a casa soy recibido por la criada que me abre la puerta y me prepara la cena. Llevo 15 años de casado, hace más de 8 que mi mujer y yo no conversamos. Hoy es diferente. Tras una cena en silencio, subo a mi habitación, me encuentro aflojando mi corbata en el momento que entra a mi recámara con un sobre en la mano. Me lo dio y me dijo “creo que lo esperabas”. Era la demanda de divorcio. “Quiero la casa” fue lo último que escuché salir de su boca, asentí y ella se retiró.

Nunca tuvimos hijos. A  pesar de los esfuerzos que hicimos, ella era tan estéril como el desierto del Sahara. Yo tuve un hijo después de unos años con una de mis tantas aventuras, ella se enteró después de algún tiempo. Quizá fue lo que terminó por matar nuestra ya deteriorada relación. El por qué no nos divorciamos antes se puede definir con una palabra. Apariencias. Esta sociedad no perdona a aquellas mujeres que deciden divorciarse y más cuando no puede tener hijos. Supongo que en alguna parte de mí sentí lástima por ella y no la abandoné. Quizá esos sentimientos de culpa fueron los que me impulsaron a acceder a su petición de quedarse con la casa.

Llegó el fin de semana y decidí preparar mi salida. Ya había apalabrado un apartamento cerca de mi oficina, así que comencé a empacar mis trajes, camisas y zapatos en maletas, mis lociones relojes y joyería irían en cajas. Ya casi estaba vacío el closet cuando apareció la caja de zapatos. Hacía mucho tiempo que no sabía de aquella caja y la última vez que la miré, sólo fue para esconderla en lo más recóndito de mis pertenencias.

No sé que me impulsó en ese momento, pero decidí abrir la caja. Poco recordaba de lo que había en su interior. Un montón de fotos saltaban a mi vista. Las primeras en aparecer fueron las fotos de mi boda, seguidas por las de mi esposa y yo cuando éramos novios. Una cierta melancolía invadió mi corazón al ver aquellas fotos, pero lo hecho, hecho está y en este punto no quería ni podía dar vuelta atrás.

Estaba por cerrar la caja cuando vi la cola de una vaca asomándose por el extremo de una de las fotos. Extrañado, saqué aquella foto y entonces la vi. Habían pasado más de 6 años desde la última vez que recordé a Lucía.

Mi infancia y adolescencia las viví en el campo. Mi padre era ganadero. Yo un chamaco que soñaba con ser un astronauta sólo para poder contar las estrellas en el mismo infinito. Disfrutaba correr a través de los sembradíos e ir al bosque a cazar conejos, pero nunca estuve solo. Lucía era la única vecina en 1km a la redonda con quien podía yo jugar. Crecimos y aprendimos juntos. Ella era la persona más pura y noble que yo podía conocer, capaz de hacerme sonreír en los momentos más duros de joven existencia. Fue confidente de mis secretos y guardia de mis sueños y esperanzas. La única mujer que en verdad había yo amado.

¿Por qué nunca le confesé mis sentimientos? El destino y mi ambición se interpusieron. Cuando llegó la hora de decidir, opté por mudarme a la ciudad para estudiar y convertirme en un importante empresario, cuya rutinaria vida lo llevara a ganar mucho dinero, conseguir una esposa de aparador y embarcarme en una vida que, aunque llena de lujos, se había vuelto miserable. La última vez que vi a Lucía fue en el funeral de mi padre. Aquella vez la encontré sí más vieja, pero con ese brillo en los ojos capaz de transformar una tarde gris, en un anochecer luminoso.

Una lágrima rodó por mi mejilla. ¿En que se había convertido mi vida? ¿Por qué había cambiado un existir sencillo por uno de apariencias? ¿Por qué hoy me encontraba preparando mis cosas para abandonar una etapa de mi vida y no sentado bajo un árbol abrazando a los hijos que nunca tuve con ella?

Me asomé por la ventana y observé la monotonía de la ciudad, entonces no dudé. Tomé mi teléfono y llamé a mi casero para decirle que ya no quería el apartamento. Después, a mi socio y le dije que le vendería a mi parte. Llamé a la criada y le regalé todos mis trajes para su marido. Me puse unos viejos jeans, arremangué mi camisa, tomé mi caja de zapatos y subí a mi carro. Ahora me encuentro rumbo a aquel lugar que fue testigo de mis juegos infantiles y de mis sueños de astronauta, en busca de la mujer que quizá todavía pueda hacer brillar mi apagada existencia. Si vaya a aceptarme es algo que no sé. Lo único que estoy seguro es que quiero regresar a aquel lugar que me vio nacer.

Licencia de Creative Commons
La caja de zapatos by Alvaro Flores Carmona is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

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Acerca de naufig

Blogger y músico de tiempo completo, egolatra de profesión
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